Aburrite más para crear mejor
- Sofía Maiolo

- hace 5 días
- 3 Min. de lectura
Hay una frase que escucho seguido en equipos, empresas y organizaciones: "necesitamos más creatividad". Y casi siempre viene acompañada de una agenda cargadísima y el calendario sin un hueco libre por varias semanas.
¿Cómo logramos creatividad cuando no tenemos tiempo? Busquemos algunas respuestas desordenadas desde la ciencia y la filosofía.
El negocio de no dejarte pensar
Antes de hablar del cerebro, hay que nombrar algo que opera en sentido contrario: las plataformas digitales tienen un modelo de negocio construido sobre capturar cada pausa disponible. Cada momento de espera, cada minuto entre tareas, cada vez que el aburrimiento asoma, hay una notificación, un scroll, un video corto listo para ocupar ese espacio.
Esto no es casualidad, está diseñado así. Y ese diseño tiene un costo enorme para nuestra capacidad creativa, porque el aburrimiento no es tiempo perdido. Es el tiempo en que el cerebro hace su trabajo más interesante.
El cerebro que no para, no genera
Las neurociencias identificaron una red cerebral que se activa justo cuando no estamos haciendo nada en particular: la red por defecto (Default Mode Network). Es la que se enciende cuando miramos por la ventana, cuando salimos a caminar sin destino, cuando nos aburrimos.
Durante mucho tiempo se la consideró "ruido". Hoy sabemos que es el motor generativo del cerebro: el lugar donde se forman las conexiones inesperadas, donde una idea de un dominio se cruza con un problema de otro, donde nace lo nuevo, lo único, lo creativo.
El aburrimiento no es ausencia de pensamiento. Es el pensamiento en su forma más libre, y el filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo formuló con precisión en La sociedad del cansancio: la atención dispersa y la intolerancia al hastío nos impiden llegar al "aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo". Lo escribió hace más de una década. Hoy, con el teléfono en la mano todo el día, esa observación es más urgente que nunca.
Lo que perdimos sin darnos cuenta
De niñas, el aburrimiento era un recurso. No había algoritmo que lo llenara. Entonces inventábamos: juegos con lo que había, historias sin guión, mundos con las reglas que nosotras poníamos. Esos espacios vacíos eran, en realidad, espacios de creación pura. No teníamos nombre para eso. Pero estaba pasando algo real: el cerebro, sin estímulos externos que procesar, se volvía hacia adentro y empezaba a construir.
Hoy ese espacio casi no existe. Y lo curioso es que tenemos que recuperarlo con intención, porque ya no aparece solo.
Salir de la rutina no es un lujo
Hay otro elemento que suele subestimarse: la novedad. Cuando rompemos la rutina, cuando nos exponemos a entornos, conversaciones o experiencias distintas, el cerebro activa sus circuitos de exploración y forma asociaciones que en el contexto habitual no existirían.
No es casualidad que muchas de las mejores ideas aparezcan en viajes, en conversaciones inesperadas, después de un fin de semana desconectada. Yo lo experimento seguido. Las conexiones que realmente movieron algo rara vez aparecieron frente a una pantalla en horario laboral. Aparecieron en una playa tomando mate, en una charla que empezó hablando de otra cosa, en el medio de una caminata sin auriculares.
Y hay algo más que pasa cuando salimos del ruido: nos encontramos. Con nosotras mismas primero, con esa voz que no se escucha cuando todo está lleno de estímulos. Y después con las otras personas, de verdad, sin la pantalla como mediadora. Descubrir una dimensión inesperada de alguien que conocés hace años, o reconocerte en una conversación que no tenías planeada, es de las experiencias más refrescantes que existen. La otredad, cuando hay espacio para encontrarla, enseña cosas que ningún contenido puede enseñar.
Hoy, no hacer nada es un acto disruptivo
Creo que lo lúdico no desapareció. Lo fuimos dejando afuera, convencidas de que crecer significaba tomarse todo muuuy, demasiado, en serio.
Salir a caminar sin música. Tomar un café sin mirar el teléfono. Hacer algo con las manos sin una pantalla cerca. Dejar que el viaje en ómnibus sea solo eso. En la cultura de la productividad y la economía de la atención, estas cosas suenan casi a declaración de principios. Y en cierta forma, lo son.
No nos falta creatividad, pero no le estamos dando las condiciones para existir. Recuperar el aburrimiento no es nostalgia ni desconexión digital performativa. Es entender cómo funciona el cerebro y decidir, con esa información, cómo queremos vivir y trabajar.
La próxima vez que sientas que "no estás siendo productiva", quizás tu cerebro esté haciendo exactamente lo que necesita. 🌱
¡Hasta la próxima! PD: Si te interesa la sensibilización cultural y cómo potenciar equipos multiculturales, te invito a seguirme en Substack. Suscríbete aquí y recibí al instante cada nuevo post de esta serie. 🚀🌍


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