El tiempo en vacaciones
- Sofía Maiolo

- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
Los primeros días del año suelen ser, al menos en el Cono Sur, días de vacaciones, descanso y cierto desenchufe. Un buen chapuzón en el océano, mucho solcito, lindas siestas, caminatas largas y mucha lectura. Este año me tomé unos días y pude aprovecharlos para leer y escribir bastante.

Y hay algo que creo que disfrutamos especialmente durante las vacaciones: ese vínculo más liviano y flexible con el tiempo. Nos permitimos despertarnos sin despertador, dormir siestas eternas y tomarnos todo con más calma. Personalmente, me cuesta bastante lograr esa desconexión. Me lleva varios días y requiere un esfuerzo muy consciente: dejar el teléfono, no intentar “aprovechar al máximo el tiempo”, no querer exprimir cada ratito de playa ni sentir que no puedo perderme nada. Pero, por momentos, lo logro. Y es ahí donde aparece algo realmente hermoso: una sensación de descanso profundo y muy real.
Desde ese lugar, casi sin buscarlo, empecé a reflexionar sobre algo que vengo pensando y leyendo hace tiempo: lo maleable que es la idea del tiempo y la diversidad de concepciones que existen en las distintas culturas.
En esta serie venimos explorando cómo la cultura y los valores impactan en nuestra manera de trabajar y liderar en entornos diversos. En posts anteriores hablamos sobre etnocentrismo, el culture shock, los contextos culturales y las dimensiones de Hofstede. Hoy, nos sumergimos en la dimensión del tiempo.
El tiempo como construcción cultural
La forma en la que pensamos el presente, y cómo nos relacionamos con el pasado y el futuro, es profundamente personal, y profundamente cultural. Está atravesada por muchísimas variables: la historia de los pueblos, la estabilidad o inestabilidad política, la previsibilidad de la economía, el contexto ambiental, las condiciones climáticas, la infraestructura disponible o no, los vínculos, entre muchas otras.
No todas las personas podemos vivir y disfrutar el presente de la misma manera. La previsibilidad de lo que podemos hacer ahora, en diez minutos, en media hora o en cuatro horas, es completamente distinta según el contexto.También lo es la forma en la que nos paramos frente al futuro, cuánta flexibilidad nos exige, qué margen de acción sentimos que tenemos hoy para construirlo. Y, a la vez, cómo resignificamos el pasado y la experiencia vivida.
En malayo existe una palabra fascinante, "pisanzapra", cuya traducción más aproximada sería: "el tiempo que tardas en comerte un plátano". Solo imaginar esto dice muchísimo sobre la relación de esa cultura con el tiempo y con la naturaleza, y sobre lo relativo que puede ser el concepto mismo de tiempo.
Hoy, en cambio, vivimos permanentemente atados a agendas, deadlines y a la presión constante del reloj. Muchas veces nuestros días son tan intensos que incluso tenemos que agendar los espacios de descanso, ejercicio o aquellas actividades que nos hacen bien, porque el tiempo parece escurrirse entre los dedos.
Culturas Monocrónicas vs. Policrónicas
Esta relación con el tiempo ha sido ampliamente estudiada desde la antropología. En su libro The Culture Map (¡que no me canso de recomendar!), Erin Meyer retoma el trabajo de Edward T. Hall, quien en The Dance of Life The Other Dimension of Time plantea la existencia de dos grandes tipos de culturas: monocrónicas (M time), y policrónicas (P time).
Las culturas monocrónicas conciben el tiempo como algo tangible, concreto y lineal. Se enfocan en una tarea a la vez, valoran la puntualidad y suelen interpretar los plazos como compromisos firmes.
En contraste, las culturas policrónicas tienen una relación mucho más flexible con el tiempo. Varias cosas pueden suceder en paralelo, las personas suelen estar por encima de los horarios, y los planes pueden adaptarse según el contexto.
El clásico “ya voy” o “ahora lo hago” puede significar cosas muy distintas según la cultura. Para algunas personas es “en este mismo instante”. Para otras, puede ser en diez minutos, media hora o incluso más.
El desafío en los equipos de desarrollo y liderazgo
Obviamente, este es uno de los grandes desafíos a la hora de trabajar con equipos diversos. La concepción del tiempo nunca es igual, está atravesada por experiencias personales y culturales.
¿Cuántos minutos es llegar tarde a una meeting online?
¿Cambia si la reunión es presencial?
¿Qué tan flexibles son realmente los deadlines que nos ponemos o que aceptamos?
En equipos globales, no explicitar estas diferencias suele generar fricción, malentendidos y frustración innecesaria. En cambio, cuando logramos hablar de expectativas, acuerdos y márgenes de flexibilidad, el tiempo deja de ser una fuente de tensión y se convierte en una herramienta para colaborar mejor.
Reconocer que nuestra forma de gestionar el tiempo no es la "única" ni la "correcta" es clave para liderar, construir confianza y crear espacios donde la diversidad no solo se tolere, sino que se transforme en una verdadera ventaja para innovar.
Reflexiones finales
La próxima vez que sientas frustración porque un plazo no se cumplió como esperabas o una reunión no empezó en la hora exacto, te invito a preguntarte: ¿qué concepción del tiempo está operando aquí? Entender estas diferencias no solo reduce el estrés, sino que fortalece la confianza y la colaboración en los equipos multiculturales.
Y, al mismo tiempo, también es una invitación a revisar nuestra propia relación con el tiempo y con el descanso. Darnos permiso para pausar, para bajar el ritmo y para no estar permanentemente “aprovechando” cada minuto no es perder tiempo, sino una forma de cuidarnos y de sostener en el tiempo nuestro trabajo, nuestra creatividad y nuestra capacidad de liderar con claridad.
¡Hasta la próxima!
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