Volviendo a lo tangible
- Sofía Maiolo

- 29 jul
- 2 Min. de lectura
¿Cuántas veces revisamos el teléfono sin pensar? ¿Cuántas veces lo tomamos solo para ver la hora y terminamos atrapadas en notificaciones, videos, mails y mensajes? ¿Cuántas veces empezamos con una intención concreta y, al final, olvidamos para qué lo habíamos tomado?

En los últimos días, estas preguntas se convirtieron en un tema recurrente en mis conversaciones. Y, mientras leía The Ikigai Journey, fui encontrando palabras e ideas que me ayudaron a darle forma a todo esto que venía sintiendo.
Vivimos en un momento de FOMO constante: IA, cambios, nuevas plataformas, redes, notificaciones, noticias horribles…todo se mueve a una velocidad que apenas podemos procesar. Parece que nunca alcanza el tiempo para estar al día. Y sin embargo, ahí estamos: agotadas, pero sin poder soltar el celular. Scrolleando sin pensar, como si estuviéramos buscando algo que no sabemos bien qué es.
¿Cómo hacemos para no quedar atrapadas en esa sensación permanente de inquietud? Creo que podemos encontrar alguna clave en el propósito. El propósito como ancla
Y el propósito nace del autoconocimiento: preguntarnos ¿para qué hago lo que hago? Reconocer nuestras fortalezas, entender lo que nos mueve. El Ikigai, ese concepto japonés que une lo que amamos, lo que sabemos hacer, y lo que el mundo necesita, puede ser un gran punto de partida.
¿Por qué es importante tener un propósito? Porque nos permite comunicarlo, ampliarlo, transformarlo…y sobre todo, compartirlo.
Un propósito compartido nos ayuda a salir del bucle de la inquietud permanente. De lo colectivo nace una visión común que nos permite priorizar y adaptarnos al cambio con estrategia y sentido. Y ahí las preguntas cambian:
¿Necesito esto? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué lugar quiero que ocupe en mi vida?
Preguntas que no buscan alejarnos de la tecnología, sino invitarnos a usarla con sentido. Porque el desafío no está en, por ejemplo, prohibirnos el teléfono o limitarlo su usuo a la fuerza, sino en decidir cómo y para qué lo incorporamos en nuestra vida.
No es una cuestión de desconectarse del mundo digital, sino de reconectarse con una misma (¡y con los otros!). Con esa pulsión vital, esa energía que aparece cuando hacemos cosas que nos interesan de verdad.
Habitar la tecnología desde lo humano significa eso: elegir cómo y para qué la usamos. Es volver a valorar el contacto con otras personas, lo tangible, lo que no se mide en likes ni en notificaciones. Una conversación cara a cara. Un libro. Las manos en la tierra. Los pies en la arena. Un recital. El silencio.
Un acto de disrupción personal
En tiempos donde todo nos empuja a estar disponibles, visibles e hiper productivas, recuperar la empatía, la creatividad, el disfrute del ocio y del encuentro con el otro, puede ser un acto profundamente revolucionario y disruptivo.
Tal vez no se trata de dejar el teléfono, sino de preguntarnos: ¿lo estoy usando para acercarme a lo que me importa…o para alejarme sin darme cuenta?







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